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Sufragistas (Sarah Gavron, 2015): lo dieron todo


Sufragistas es un espejo que nos escupe la cruda realidad a la cara. Cuando una película huye de la sutileza y la metáfora es tachada de «propaganda», la palabra maldita y el recurso de quienes no entienden –o admiten– que, en efecto, todo cine es propagandístico, especialmente aquél que aparenta neutralidad u objetividad. Lo dijo Federico Luppi en Lugares comunes: objetivos son los objetos. Sufragistas no engaña a nadie, ni lo pretende. Por eso resulta ridículo leer críticas que piden datos o argumentos. Desde la adaptación de Benito Zambrano de La voz dormida no se habían leído semejantes acusaciones de maniqueísmo.

Hablamos de una película necesaria que narra una historia no muy lejana en la avanzada democracia inglesa donde las mujeres no podían votar hace tan solo 100 años. Pero la película no se limita a mostrar una situación de injusticia como es la doble explotación de la mujer, por clase y género, sino algo más profundo. Nos muestra la diferencia, a veces antagónica, entre legalidad y legitimidad. De esa pugna, con la desobediencia civil como vehículo, ha dependido el progreso de la sociedad en un sentido igualitario.

El hilo conductor de la historia es Maud, el personaje representado por una Carey Mulligan en estado de gracia, como símbolo de la evolución de un grupo de mujeres conscientes de que los derechos no se regalan, se conquistan. Tras darse de bruces varias veces con la legalidad, las sufragistas deciden dar un paso más e iniciar acciones de desobediencia civil para, primero, conseguir repercusión y, segundo, presionar a sus señorías. Se organizan bajo las órdenes de Pankhurst, protagonizada por una Meryl Streep que lo mismo te hace de dama de hierro que de líder revolucionaria.

El antihéroe, el verdadero malo de la película, es el inspector Arthur Steed (Brendan Gleeson). La Ley. Uno de los responsables de subir la calidad de la película, tanto por su actuación como por la importancia de su papel. Es lo contrario al patrón de la fábrica (abusador, maleducado y, en resumen, un tipo fácilmente catalogable como repugnante), es una persona educada y respetuosa cuyo único delito es hacer cumplir de manera escrupulosa la ley. Sin él la película no tendría sentido. Volvemos al principio: Sufragistas nos dice que a veces las leyes no son justas y, si no hay otro remedio, hay que incumplirlas porque lo que todo el mundo quiere, dicen, son leyes que nos respeten para que las podamos respetar a ellas. El inspector nos muestra que la explotación, la injusticia, no es solo una cuestión de abusos o excesos, sino que es estructural; aunque el patrón de la fábrica fuera simpático, las mujeres seguirían trabajando más, en peores condiciones y cobrando menos que los hombres.

Dieron todo lo que tenían por los demás. Es una historia de lucha y sacrificio. Perder el trabajo, la familia o la reputación social fueron daños colaterales que estuvieron dispuestas a asumir. El emotivo final, con heroína tapada, la guinda. Es siempre la gente anónima, la que no necesita destacar, la que no busca un cargo o reconocimiento, la que lo da todo. La sal de la tierra. Difícil no emocionarse con el final… E indignarse.

En resumen, Sarah Gavron y Abi Morgan (Emmy al mejor guion por la serie The hour) consiguen una película socialmente necesaria, técnicamente notable y magistralmente emotiva.

Nota: 8/10

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